Lo peor de viajar en autobús

En el puente del mes de noviembre, mi familia y yo decidimos tomarnos un descanso del trabajo y de la ciudad y nos fuimos a las bellas playas de Acapulco. Un amigo cercano nos invito a una excursión, la cual tenía un costo bastante accesible y la cual incluía hospedaje por tres días y dos noches y el transporte, por lo que aceptamos. El viaje fue en autobús, que no era nada ostentoso, todo lo contrario, parecía que ya tenía su largo recorrido. Pero de la Ciudad de México al puerto no nos causó ningún problema, incluso íbamos echando relajo.

Los días allá transcurrieron como agua, tan rápido que ni nos dimos cuenta que ya era lunes y debíamos partir por la tarde noche. Regresamos en el mismo vehículo, pero la historia fue diferente. Cuando todos pensábamos que dormiríamos un buen rato y llegaríamos temprano a casa, una llanta se averió a mitad de la carretera y en plena oscuridad. El miedo invadió a algunas personas, pues nos habían dicho que tuviéramos cuidado en la carretera, ya que la inseguridad en Guerrero estaba peligrosa. Yo fui uno de los que se bajó para ayudar al chófer a cambiar la llanta, pero oh sorpresa, no tenía la de repuesto.

Todo estaba saliendo mal, estábamos a mitad del camino, sin una llanta y con demasiado sueño. Además al día siguiente teníamos que ir a trabajar muy temprano. El ayudante del conductor fue a buscar un lugar para que le arreglaran el neumático, mientras varios nos quedamos cuidando de que los automovilistas que pasaran nos vieran y no ocurriera un accidente. Al final logramos cambiar la llanta después de casi dos horas, y llegamo a las cinco de la madrugada a la CDMX, lo que nos sirvió sólo para dormir un par de horas y despertarnos para ir al trabajo, desvelados por culpa de una mala jugada del autobús.